Saturday, 20 April 2024

Aunque hoy en día viajar sea algo que parece sacado de una novela, la realidad era distinta en julio de 2018 cuando comenzamos nuestro "viaje interminable", comienzan diciendo Johana y Washington, dos trotamundos uruguayos.

En aquel entonces, pasamos de trabajar en una oficina de informática a meternos dentro de los wallpapers que aparecían aleatoriamente en nuestra pantalla. De aprovechar los fines de semana para pasar videojuegos a vivir nuestra propia historia incierta.

Y no, no tiene nada de malo la vida que teníamos antes, no somos quienes para apuntar con el dedo y decir si un estilo de vida es mejor o peor, pero podemos decirte que en aquel entonces (y aunque seguimos manteniendo el mismo perfil “geek”) este cambio fue tan radical para nosotros como inesperado.

Un viaje con amigos a las cataratas de Iguazú nos endulzó el espíritu viajero que teníamos escondido en alguna parte, y un viaje piloto a Ushuaia en modo mochilero a dedo fue la prueba que necesitábamos para tomar la decisión de dejar lo que hasta entonces habíamos logrado y empezar este viaje en el que estamos inmersos ahora.

Teníamos decidido lo que queríamos y cómo lo queríamos.

El qué: recorrer el mundo. El cómo: mayormente a dedo (autostop).

Sí, ya sé… decir que querés recorrer el mundo suena tan pretencioso como inverosímil. Y ni hablemos de hacerlo a dedo… ¿qué locura es esa? ¿Ustedes no miran las noticias?

Fue por eso que cuando viajamos a Ushuaia a puro autostop en una licencia laboral, recorriendo 3.000 kms en una semana y gastando apenas 5 dólares diarios entre los dos, descubrimos que era -materialmente- posible, si estabas dispuesto a renunciar a algunas cosas, y abrazar otras.

Pero ese no fue el mejor descubrimiento que hicimos en aquel viaje.

Lo mejor fue descubrir aquello que uno creía casi perdido, aquello que sonaba más utópico que el viaje en sí mismo.

Esta forma de viaje se basaba en la confianza mutua con el desconocido, en amar la falta de certeza, la inseguridad de no saber qué va a pasar mañana. Se basaba en subirse al auto de un extraño, quizás aceptar la comida que te invitaba, en dormir bajo el techo de alguien que conociste 1 minuto atrás (es así como empiezan todas las películas de terror ¿no?).

Básicamente representaba hacer exactamente lo contrario a lo que veníamos haciendo hasta ahora, a lo que nos enseñan desde chiquitos.

Algo que nunca imaginamos que podía llegar a gustarnos tanto.

Vendiendo todo lo que teníamos, aquel 25 de julio de 2018 con dos mochilas y un fainá casero bajo el brazo, comenzamos un viaje sin fecha de retorno específica.

El frío del sur argentino caló profundo en los huesos, pero conocer la nieve valió cada grado de fiebre que el termómetro nos mostró al día siguiente.

Nos enamoramos de la Patagonia chilena, y nunca pudimos sacarnos el “cachai” del repertorio.

La increíble facilidad para ser llevados en autos de desconocidos se vio mermada en el norte argentino y completamente interrumpida en Bolivia. Pero conocimos una sociedad tan tradicional como única, sin mencionar experiencias como ver teñirse el piso blanco de un desierto de sal con los primeros rayos del sol.

Perú nos quitó el aliento con sus bellezas arqueológicas y naturales (y la respiración con sus trekkings a 5.900 metros de altura).

No solo aprendimos la diferencia entre un plátano y una banana en Ecuador sino que, además, descubrimos que había algunas rosadas, y probamos la comida con el nombre más dudoso de nuestra vida (seamos sinceros… “caldo de bolas” no sonaba tan rico como sorpresivamente terminó resultando su sabor).

Pasamos la primer Navidad mirando un partido de ajedrez en Perú, y las siguientes festividades con un señor que por su religión se fue a acostar antes de ver los fuegos artificiales.

Ok, quizás estas fechas no son nuestro fuerte en el viaje.

La selva del Amazonas nos regaló los mejores atardeceres que vimos en la vida, mientras los botes varios que nos transportaron a través del río y sus afluentes nos permitieron conocer la calidad de vida humana que convive en armonía con la naturaleza, detrás de una cortina verde que deja en K.O. a cualquier mansión de lujo.

La hospitalidad que encontramos en Brasil no solo fue dada por sus habitantes sino también por su personal médico cuando por primera vez tuvimos que acudir a un hospital para suturar una de las herramientas que nos permiten movernos de un lugar a otro… mi dedo pulgar (si te preguntabas cual es la otra herramienta, la respuesta siempre será “la sonrisa”).

Con una venda bien puesta y un cartelito en inglés llegamos al país que más nos sorprendió en América del Sur, aquel que cuando se lo mencionás a alguien te dice “¿y eso dónde queda?”.

Guyana nos demostró que no necesitan de rutas asfaltadas para llevar viajeros en sus vehículos de guerra capaces de atravesar kilómetros del más espeso barro, y que un diente de jabalí colgado del cuello era el mejor amuleto para esquivar jaguares.

Pero más importante aún, nos demostró que no es necesario compartir la misma sangre para ser parte de una familia.

Por otro lado, también puso a prueba nuestra resistencia, cuando estuvimos casi 4 días haciendo dedo en un lugar perdido de la mano de Dios.

En Surinam encontramos una ensalada de culturas que nunca habíamos visto, y mientras intentábamos descifrar los carteles de las calles escritos en holandés, llegamos a Guayana Francesa, el único lugar de Sudamérica donde el oficio principal es ser “profesor del espacio”, porque varios son los cohetes que se lanzan más allá de la exósfera en este territorio que tenemos tan cercano pero del que tan poco sabemos.

Deshaciendo el camino y volviendo a la selva de la triple frontera, entramos en el país que se robó un pedacito de nuestro corazón y por suerte pide rescate, dándonos la excusa para volver. Colombia nos enamoró con la sonrisa de su gente, con las preguntas respondidas con acciones, con el olor del café en las calles, y con sus rutas verdes que bien pudimos apreciar desde un lugar privilegiado, viajando arriba de la carga de hormigón de un camión.

Recorrer Centroamérica a dedo significó también derrocar muchos miedos ajenos que luchaban por hacerse propios.

Aunque las islas de Panamá nos hicieron sentir en el paraíso por unos días y la calidez de las personas de Costa Rica (donde además, encontramos a nuestro José Gervasio Artigas en una plaza) nos brindaron amigos para toda la vida, entrar a Nicaragua nos encendió las alertas, cuando apenas unos meses atrás la violencia llenaba las calles de miedo.

Después de ser vaticinada nuestra muerte a boca del oficial que celaba la frontera con Honduras, la ruta nos quiso tranquilizar dándonos los tiempos de espera más cortos de todo el viaje haciendo dedo (10 minutos máximo). Y sí, manteniendo nuestros órganos íntegros y en su lugar.

Aprendiendo a bañarnos con dos litros de agua debido a la poca regularidad con la que los hondureños disfrutan del agua corriente en sus hogares, nos preparamos para entrar a El Salvador, tierra de maras, y donde también por supuesto, teníamos una muerte asegurada.

Una vez más la simpatía vencía cualquier filo y los choferes del los vehículos que detuvieron su camino para darnos un lugar en su asiento e incluso invitarnos a comer, se hacían esperar mucho menos de lo que podrías esperar un bus.

En Guatemala nos dimos de frente con los casos de explotación infantil más crudos que presenciamos en la vida, pero también fuimos testigos de la calidez familiar que puede encontrarse en muchos hogares. Tikal fue un gusto especial que quisimos darnos, y el último antes de entrar a tierras Beliceñas donde nuevamente volvíamos a escuchar el “inglés roto” que alguna vez escuchamos en Guyana.

Fue también donde volvimos a comprobar que la solidaridad no entiende de estratos sociales ni económicos, que aquellos que menos riquezas materiales tienen lo compensan con una gran riqueza de corazón. Dormimos en una casa hecha de retazos de chapa y madera, ubicada en “El Ghetto”, el barrio más peligroso del país y donde su dueño y constructor nos brindó la única cama, aquella que ocupaba la mitad de la casa, mientras el dormía en el piso.

No hubo forma de convencerlo de lo contrario.

También fue donde días después y como una nueva muestra de estos cambios tan inesperados como variopintos, nos encontramos descansando como invitados en un hotel de lujo a orillas de la playa (reforzando la idea de que la hospitalidad no entiende de estratos sociales ni económicos).

La entrada a México la realizamos por el lugar menos mexicano de todos, pero no fue sino hasta que nos adentramos al país cuando nuestro paladar se volvió un poquito más resistente a las salsas que tan acertadamente alertan con sus tonalidades rojas, y donde comimos bichos como parte de la cena.

Fue también en México donde fuimos rescatados luego de chocar contra el muro invisible que cerró las fronteras de Tijuana con EE.UU. Aquel muro que no se ve pero que a día de hoy azota a la población mundial y nos arrastra a una situación que solo habíamos visto en películas.

Y sí, así como cambió la vida de muchos, nosotros no fuimos la excepción.

Los viajes a dedo no solo eran más difíciles, sino que además rayaban la irresponsabilidad, y era lógico que menos personas estuvieran dispuestas a recibir viajeros (que quien sabe dónde habían estado) bajo el mismo techo que compartían con sus hijos o sus abuelos.

Aun así, una familia que previó lo que se venía de forma más eficiente que nosotros, nos había ofrecido su hogar a modo de refugio de cuarentena, y fue allí donde pasamos varios meses, esperando que todo pase.

La espera que seguro no excedería el mes, se convirtió en 2, 3, 4 meses. Luego de muchas dudas y planes re-trazados, casi en un impulso adquirimos dos tickets de avión rumbo al Norte.

No era la primera vez que teníamos que volar en este viaje, pero como cada vez que lo hacíamos, nuestro “estúpido orgullo mochilero” se veía herido y acallado una vez más por la razón… además, si queríamos seguir rumbo al Norte, el único camino disponible era el aire.

Sabiendo que viajar en plena pandemia podía resultar no solo arriesgado para quienes nos rodeaban, sino además éticamente cuestionable, nos pareció que lo más responsable sería encontrar un lugar en tierras Estadounidenses donde poder pasar una temporada larga, sin movernos demasiado pero pudiendo conocer la nueva sociedad en la que nos veríamos inmersos.

Fue así como elegimos el punto que más queríamos conocer en el país. Y no estamos hablando ni de Hollywood, ni Nueva York… ni siquiera de Alaska.

Un 23 de agosto pisamos Montevideo, en el estado de Minnesota. No, no leíste mal.

A lo mejor estás pensando que sería muy raro que un pedacito de Estados unidos se haya fijado en una ciudad tan remota como Montevideo de Uruguay para basar su nombre en ella, y que probablemente sea algún tipo de casualidad extraña que nada tenga que ver con el paisito.

Pues dejame decirte que no.

Este Montevideo tiene toda la intención de conectarse con nuestro Montevideo, siendo a día de hoy lo que se conoce como “ciudades hermanas”, manteniendo intercambios culturales y una fraternidad que va más allá de la estatua del prócer que tienen en la “Plaza Artigas” sobre su callecita principal, o el mural de la Ciudad Vieja que puede verse a espaldas de nuestro libertador.

A pesar de ser una ciudad, la sensación que se tiene es de pueblo y si bien según los datos oficiales los casos del virus azotan cada día a sus habitantes, es muy difícil ver personas usando mascarilla en la calle o limitando sus salidas como uno podría llegar a pensar.

Por supuesto que se toman medidas de prevención, como las clases online en colegios y escuelas, el uso (ahora sí) de mascarilla en lugares cerrados, y se evitan grandes aglomeraciones de gente (lo que no significa que de vez en cuando se haga caso omiso a estas recomendaciones).

Pero es una realidad que movernos a dedo ya no es una opción en los tiempos que corren en estas tierras norteñas; aun sabiendo que muchísimas personas en el mundo hacen caso omiso a esa vocecita que les dice “no lo hagas” cuando ven a un viajero haciendo dedo en la ruta (somos una de las tantas pruebas vivientes de que son muchas las personas que mandan a freír papas a esa vocecita) también sabemos que a día de hoy hay otro motivo más poderoso que el miedo a lo desconocido que conlleva el hecho de levantar una persona en la ruta… ahora se suma el miedo a aquello que no se ve y para el cual no hay apariencia prolija ni sonrisa que lo salve. Hoy en día el miedo más grande se reduce irónicamente a un motivo de tamaño microscópico.

De todas maneras y una vez más, la persona que nos recibió de brazos abiertos en este Montevideo fue también quien nos permitió conocer lugares de este país que pensábamos tendríamos que dejar pendientes para otro viaje, pero lo que es más importante aún, se convirtió en un amigo, uno más de la larga lista que el viaje nos va dejando.

Pasaron dos años y tres meses desde que dejamos nuestra casa, pero mirando hacia atrás se siente como si hubiesen sido diez.

Nos dimos cuenta que esta vida en ruta está cargada de experiencias nuevas, a riesgo de sentir que si algún día nos volvemos a establecer vamos a extrañar este ritmo de descubrimiento e incertidumbre al punto de aterrarnos comparándolo con una droga con la cual sintamos que no podemos vivir sin ella.

A día de hoy, llevamos miles de kilómetros recorridos en nuestro haber en las formas más variopintas de transporte; haciendo dedo viajamos en ambulancias, autos fúnebres, jeeps, autobuses embrujados, autos deportivos, descapotables, en la caja de tantas camionetas, en camiones llenos de bosta, entre los muebles de un camión de mudanza, en Mercedes Benz con minibar, motorhomes, patrullas de policía, etc.

Conocimos culturas y sociedades tan diferentes a la propia, que aprendimos a comprender diferentes formas de pensamiento y cuestionarnos aún más el mundo que nos rodea.

Comprobamos que no importa la religión, el color de la piel, ni el estrato social cuando la hospitalidad quiere ser compartida con el prójimo (y que esto sucede mucho más de lo que uno imaginaba).

Tuvimos que reinventarnos tantas veces que perdimos la cuenta.

Desechamos hábitos cada semana y adquirimos nuevos a la siguiente para volver a cambiarlos unos días después.

Pero también nos dimos cuenta que más allá de las nuevas experiencias, nosotros, la esencia que nos hace ser la persona que dejó Uruguay hace años atrás, sigue siendo la misma.

Nos enojamos, lloramos, y nos reímos a carcajadas de las mismas pavadas.

A veces pisamos charcos en la lluvia y a veces los esquivamos con caras largas.

Algunos días solo quisiéramos quedarnos acostados mirando películas o jugando.

Otros días sentimos que las 24 horas no son suficientes.

Pero por sobre todas las cosas, continuamos sintiendo.

Sentimos la alegría que invade el alma cuando aún en las situaciones más adversas y en las sociedades más diferentes a la propia se extiende no una, sino varias manos amigas dispuestas a ayudar al desconocido.

Y aunque a veces sentimos la tristeza de algunas realidades que nos taladran los ojos para bajar al pecho y convertirse en un grito que se anuda en la garganta y nos llena de impotencia, también nos ayudan a valorar aún más todo lo bueno que nos rodea, y nos dan fuerza para quizás, de alguna forma, contribuir a ese cambio que queremos ver en el mundo.

Este viaje nos dejó hermosas imágenes en la retina, paisajes que nunca imaginamos ver en persona y nos colmaron de dicha cuando sentíamos que nos fundíamos con él.

Pero más importante aún, nos mostró todo lo que nos podíamos perder si no elegíamos confiar un poco más.

Johana y Washington

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July 11, 2022

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